Beñat Beitia y Laura Martel: «Cuando cuentas historias, cuentas el mundo que puede ser»
La dupla creativa reflexiona sobre la vigencia de Winnipeg y el potencial de la animación para crear un mundo mejor.
13 de julio de 2026Por Luis Miguel Cruz
Se dice que aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla. Siempre consciente de ello, la animación ha colaborado a la preservación de la memoria con incontables obras que nacen del pasado para dialogar directamente con el presente. Tal es el caso de Winnipeg, el barco de la esperanza.
El largometraje dirigido por Beñat Beitia y Elio Quiroga, y basado en el cómic de Laura Martel, recupera la odisea de los más de dos mil refugiados españoles que cruzaron el Atlántico rumbo a Chile a bordo del Winnipeg, barco impulsado por Pablo Neruda. Un viaje que partió del miedo y la incertidumbre hacia la esperanza de un futuro mejor, pero sin descuidar los horrores que siempre se vislumbran en el horizonte.
Radix conversó con el director Beñat Beitia y la autora Laura Martel. La dupla creativa reflexiona sobre la vigencia de Winnipeg, el barco de la esperanza, la importancia de su mensaje en la actualidad y el potencial de la animación para crear un mundo mejor.
¿Por qué era importante estrenar esta obra en el contexto actual?
Laura Martel: Creo que esta obra está desgraciadamente más vigente ahora que cuando ocurrió, y más vigente ahora que cuando la escribí, porque tiene que ver con la humanidad. Y en el momento actual están ocurriendo cosas incluso peores que las que ocurrieron con el Winnipeg. Así que está completamente vigente en la actualidad.
Beñat Beitia: Sí, dolorosamente vigente. Aparte, recupera un hecho histórico y una gesta esencial, una de las más grandes del siglo XX, para poder generar diálogo y reflexión en el público y en los más jóvenes hoy en día. Fundamentalmente, ese es el objetivo de nuestra película.

¿Cómo creen que pueda ser recibida ante la creciente ola de xenofobia?
LM: En el caso del Winnipeg había mucha reticencia a la acogida, pero era por miedo. Y ahí hay una historia muy hermosa que no ha podido estar en la película, pero hay una historia muy hermosa que me contó una de las niñas, una de las personas que era niña cuando llegó con el Winnipeg.
Me contaba que en Valparaíso había gente dándoles la bienvenida, pero también había mucha gente con pancartas que decían “rojos fuera”, “fuera españoles”, “no queremos más problemas en Chile”. Ella iba con su padre, con su madre y con su hermano muy pequeñito, que iba en brazos de su madre. Entonces, un hombre con una pancarta que decía “españoles fuera, vuelvan a su país”, cuando los vio, avergonzado, cogió la pancarta, la rompió, la tiró, sacó su cartera, sacó todo el dinero que llevaba encima, se lo dio a su padre y le dijo: “Bienvenidos a mi país, espero que esto les ayude a tener un mejor futuro”.
Muchas veces la xenofobia es derivada del miedo y del desconocimiento. A veces, la realidad no es que esas personas sean malas ni que sea un delito de odio; simplemente, la realidad se les pone delante y reaccionan con humanidad, como reaccionó este hombre.
Alejandro González Iñárritu dijo en su momento que “emigrar es morir un poco”. Tomando en cuenta que Winnipeg plasma continuamente la añoranza por dejar el hogar, ¿cuánto se pretendía dar voz no solo al refugiado, sino al migrante en general?
LM: Creo que no nos damos cuenta de lo que significan ciertos tipos de migraciones. Nosotros estamos acostumbrados a que “bueno, si las cosas me van mal en España, me voy a otro sitio”. Pero la idea de irte de tu tierra y no volver a verla, perder todo… Me recuerda un poco a lo que pasó en La Palma con el volcán. Es cuando tú pierdes tu cultura, tus referentes, tu familia, tu tierra, tus amigos. No nos damos cuenta de lo importante que es el lugar al que pertenecemos, la cultura a la que pertenecemos, y cuando emigrar significa perder eso, a lo mejor para siempre, creo que es terrible.
BB: El paralelismo que podríamos hacer con la realidad actual del inmigrante, al fin y al cabo, nos lleva a vidas destrozadas, una serie de decisiones equívocas que genera el ser humano. Pero también tenemos que poner en valor a los pueblos que acogen, y en ese momento Latinoamérica entera, México, Argentina y Chile nos quisieron ayudar.
Tal como dice Laura, no puede haber nada más doloroso que tener que abandonar tu propia casa, tu hogar, tu familia, tu cultura, tu idioma y tratar de reconstruirte de alguna manera en otro país. No puede haber algo más complejo y difícil. Por lo tanto, esperamos que con nuestra historia generemos este diálogo y esta reflexión acerca de todo esto para que tomemos unas decisiones un poquito más respetuosas hacia aquel que necesita ayuda.

El personaje de Julia ofrece una dualidad interesante, con una inocencia que contrasta con la dureza de muchas imágenes. ¿Cómo se decide este tratamiento?
LM: Me pareció interesante —por eso son un padre y una hija— porque entrevisté a mucha gente y es como si me hubieran contado dos historias, siendo siempre una sola. Por un lado, los adultos me contaban una historia que, aunque era de esperanza, también llevaba miedo, desesperación y dolor. Pero cuando los niños me hablaban del barco, me hablaban de las vacaciones de sus vidas. Me hablaban de las mejores vacaciones que habían tenido hasta ese momento.
La travesía en barco se vivió de muchas formas diferentes, pero los niños lo vivieron como una aventura extraordinaria. Yo quería poner esas dos visiones: poner esa visión de los niños, que a veces están pasando cosas terribles a su alrededor, pero ellos se agarran a la anécdota fantástica y consiguen sobrevivir y pasar un buen momento a pesar de las cosas que están pasando.
BB: Generamos un dualismo de los mismos acontecimientos observados por un adulto directamente afectado, pero que busca la protección y alcanzar esa vida mejor, sobre todo para su hija. Luego está la visión, la inocencia de Julia, que nos permite también matizar esa crudeza que aconteció. Ese es el contexto histórico. No podemos obviar lo que ocurrió, aunque, obviamente, mediante la técnica de animación y la ilustración hemos tratado de matizarlo un poco. No podemos obviar lo que realmente ocurrió y tenemos que situar este punto de partida.
La historia que buscamos también debe transmitir un agradecimiento a la solidaridad y, sobre todo, es una historia positiva con un final feliz. Entonces, progresivamente, hasta en la densidad del color o la iluminación que hemos utilizado, el trabajo atmosférico que hemos realizado… Todo esto progresa desde la crudeza, un poco casi atonal, de la que partimos hasta alcanzar la luz del Pacífico. Gradualmente trabajamos todo este viaje emocional que hemos tratado de equilibrar. Y bueno, Víctor y Julia son el motor de nuestra historia, pero representan ese dualismo también.

Los tres países coproductores, España, Chile y Argentina, tienen elementos históricos en común, como las guerras civiles y las dictaduras. ¿Qué tanto influyó esto para que se unieran para la realización de esta historia?
BB: Bueno, directamente hay que decir que la coproducción con Chile era bastante natural porque es el país de destino. Pero no nos olvidemos de Argentina, porque cuando Pablo Neruda empezó a financiar esta gran gesta, el primer lugar al que acudió fue Buenos Aires. Ahí empezó a encontrar los recursos para organizar toda esta gesta. Luego su generala, Delia del Carril, era argentina. Entonces, por un lado, ya hay una coproducción natural. Por otro lado, sí, efectivamente, está la conciencia y el objetivo común, seguramente por la experiencia que hemos vivido los tres países con unas dictaduras y una represión muy fuertes, muy próximas.
¿Cómo vivieron el estreno mundial en Shanghái y el posterior paso por Annecy?
BB: La verdad es que ha sido maravilloso poder tener esta selección en dos festivales de Clase A. De Shanghái me habían hablado muy bien del público y, efectivamente, en la premiere mundial que tuvimos allí me encontré con muchísimo respeto, muchísima proximidad. Hubo una conexión emocional muy grande y esto es fundamental para la película, que ahora estrenamos a nivel estatal, pero que en la otra punta del mundo, donde no tienen ninguna referencia ni ninguna conexión con esta historia, hayan tenido este ejercicio de empatía y este acercamiento y nos lo transmitieran de manera efusiva, además, fue absolutamente emocionante.
Eso, además, nos permite colocarnos en el mercado global. Compartir la película en estas grandes plazas nos ayudará a ampliar la llegada a otros países, que, fundamentalmente, es el objetivo: que la pueda ver la mayor cantidad de gente posible. Obviamente, las ventanas de Shanghái y Annecy son esenciales. Nos hemos sentido muy acogidos.
Haciendo un símil con la propia película, para nosotros ha sido importante también llegar a Annecy. El Winnipeg ha vuelto a Francia y poder exponerlo ante el público erudito de la animación también nos cargaba de responsabilidad, pero nos hemos sentido muy apoyados y estamos bastante emocionados con estos pases.
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¿Puede la animación marcar una diferencia en este mundo tan complejo en el que vivimos?
BB: Ojalá. Nosotros podemos generar un diálogo, una reflexión, pero, obviamente, ojalá pudiera estar en manos de las películas de animación el poder cambiar la realidad de muchas personas que, desgraciadamente, están sufriendo.
Tenemos que, de alguna manera, aportar esta reflexión a la sociedad del futuro y que estos ejercicios de memoria nos permitan no caer en la trampa de los errores cometidos previamente. Y esta es nuestra aportación. Transmitimos un mensaje, unos valores, una reflexión que puedan ayudar en casa a tomar unas mejores decisiones.
LM: Yo creo que contar historias es importante. Es importante porque cuando cuentas historias, cuentas el mundo, pero también cuentas el mundo que puede ser o el que va a ser. Y en eso la animación es maravillosa. Es verdad que la ficción con actores también, pero la animación nos permite contar historias que no nos permite contar otro medio. Y por eso me parece fantástica esta historia. Si no hubiera sido con la animación, no habría llegado al cine.