Winnipeg, el barco de la esperanza: cuando la unión se convierte en memoria
El filme recuerda que frente a los discursos de odio que imperan en la actualidad, siempre queda espacio para la tolerancia.
22 de junio de 2026Por Luis Miguel Cruz
Tras un siglo XX que dejó grandes y dolorosas lecciones a la humanidad, parecía lógico pensar que el ser humano aprovecharía lo aprendido para construir una sociedad más tolerante. La realidad es otra, ya que el mundo parece tornarse cada vez más fragmentado. En este contexto, el arte continúa demostrando su capacidad para tender puentes mediante la recuperación de historias del pasado que dialogan directamente con el presente, recordándonos así que todos pertenecemos a una misma humanidad. Tal es el caso de Winnipeg, el barco de la esperanza.
El largometraje animado dirigido por Beñat Beitia y Elio Quiroga nos sitúa en 1939. Tras la caída de Barcelona durante la Guerra Civil Española, miles de personas se ven obligadas a abandonar su hogar para emprender un camino incierto hacia el exilio. Tal es el caso de Víctor y su hija Julia, quienes atraviesan la frontera francesa para toparse con la nueva amenaza de los campos de internamiento. Cuando todo parece perdido, la familia encuentra una última oportunidad en el Winnipeg, el carguero fletado por Pablo Neruda que permitió a más de 2.200 refugiados viajar hasta Chile en busca de una nueva vida.

Es así como la dupla realizadora recupera uno de los episodios más significativos del exilio republicano español para construir un relato que exalta la solidaridad y la capacidad de los pueblos para tenderse la mano en los momentos más difíciles. Una historia que, más de ocho décadas después de los hechos que la inspiran, mantiene una vigencia sorprendente al conectar con preocupaciones profundamente contemporáneas. El resultado es una obra que recuerda la importancia del vínculo humano y de la acción colectiva cuando individuos y sociedades deciden actuar frente a la injusticia.
No menos destacado es que sus ideas de unión no se limitan a la trama, sino que están presentes en la propia manera en que el filme se materializó.
Una producción marcada por la colaboración
La travesía del Winnipeg cimentó un vínculo inquebrantable entre España y Chile, pero para que el navío volviera a zarpar fue necesario honrar los viejos valores de cooperación y solidaridad establecidos hace casi 90 años.
“El trabajo fue muy repartido aquí en España”, explica el director Elio Quiroga al rememorar los orígenes de la obra y la diversidad de la producción encabezada por Dibulitoon (País Vasco), respaldada por La Ballesta (Cataluña) y reforzada por apoyos procedentes de Canarias, de donde es oriunda la autora de la novela gráfica que inspira esta obra, Laura Martel.
Esta naturaleza facilitó “una unión de diversos lugares que nos llevó a hacer un guion con mucha idea transcultural en ese barco. Viajaron vascos, catalanes, gallegos, asturianos… cada uno se expresaba en su propia lengua. Todo esto se vertió en la versión original”.

La idea maduró con la incursión de las coproductoras sudamericanas El Otro Film (Chile) y Malabar Producciones (Argentina). A partir de este punto, “se trabajó para que hubiera una representatividad cultural, porque aquí hay, en todo este tipo de historias, una unión profunda entre seres humanos que tienen costumbres distintas, pero que entienden el principal nexo entre todos: el hecho de ser humanos y de que tenemos que ayudarnos unos a otros”.
El cineasta considera que, además de potenciar los mensajes de la obra, esta diversidad “ha sido muy interesante, el cómo se han unido todas las productoras […], cada una con sus formas de trabajo”. El resultado es una obra de grandes cualidades técnicas y narrativas que propiciaron su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Shanghái, así como su selección en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy. Más importante aún, ofrece una serie de reflexiones fundamentales en un mundo que luce cada vez más fragmentado.
Memoria que sigue vigente
Winnipeg, el barco de la esperanza representa un punto de unión artístico entre tres de las industrias animadas más importantes de Iberoamérica, pero también entre tres países cuya memoria histórica quedó marcada por conflictos internos recientes, como guerras civiles, golpes de Estado y dictaduras. Por esto mismo, resulta significativo que sean estos territorios los que aprovechan las virtudes de la animación para lanzar un potente mensaje unificador en una época especialmente compleja.
“Estamos en un tiempo en el que parece que está regresando la intolerancia hacia el diferente, hacia el extraño”, reflexiona Quiroga. “Uno pensaba que se estaban olvidando, que estábamos avanzando hacia sociedades un poco más comprometidas, un poco más solidarias, y parece que está pasando algo parecido a lo contrario”. Así lo confirma el aumento de prácticas discriminatorias, racistas y xenófobas palpables en todo el mundo, incluidos algunos países que históricamente se han jactado de sus valores de justicia y democracia.

El director refuerza sus argumentos al destacar que “esta historia se pone más vigente que nunca: un país entero y sus ciudadanos demostraron cómo se puede ser solidario y extender la mano hacia un grupo de gente que lo necesitaba. Creo que sería bueno que la película ayudara a comprender cómo nos podemos ayudar unos a otros y cómo todo lo que sea miedo y sentimientos negativos hacia los demás es profundamente destructivo. Incluso va en contra de la propia especie humana. Existimos y somos porque confiamos en los demás”.
Winnipeg, el barco de la esperanza trasciende la recreación histórica para situarse en un lugar urgente y necesario: el de la memoria que interpela al presente. En un contexto marcado por nuevas formas de exclusión y fronteras cada vez más visibles e invisibles, el filme recuerda que frente a los discursos de miedo y odio que tanto imperan en la actualidad, siempre queda espacio para la comprensión. La idea de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla sigue vigente, y hoy sabemos bien a dónde conduce la intolerancia. La decisión, al final, es la misma: sumarse a las tendencias destructivas o mirar al otro como queremos que nos miren a nosotros.