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Rigo Mora: la historia del cine no sería la misma sin él

El entusiasmo y la creatividad de Rigo Mora fueron decisivos para crear algunos de los proyectos animados y de acción real más ambiciosos de su tiempo.

10 de junio de 2022
Por Viridiana Torres
Rigo Mora: la historia del cine no sería la misma sin él
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El nombre de Rigoberto ‘Rigo’ Mora no siempre figura en los libros de animación. Aun así, entender la evolución de las industrias iberoamericanas y muy concretamente de la mexicana sin él es virtualmente imposible. Tan es así, que su legado sigue impactando con fuerza hasta nuestros días, muy concretamente en la obra de uno de los grandes cineastas de todos los tiempos.

Rigo Mora nació en 1965 en Guadalajara, México y no tardó en ser pieza clave para que la ciudad mexicana ascendiera entre los epicentros de la animación iberoamericana. Una historia que comienza a escribirse hacia finales de los 70, cuando siendo un estudiante de preparatoria del Instituto de Ciencias y Humanidades de Guadalajara, muestra un marcado interés por la técnica del stop motion.

La oferta educativa en materia de animación era escasa en México por aquel entonces. No olvidemos que la primera película animada, Los 3 reyes magos de Fernando Ruiz Álvarez, no llegó sino hasta 1976 y los principales usos de la técnica se limitaban a la publicidad. Esto mismo motivó a Rigo Mora a decantarse por la vía autodidacta. Mucha lectura, pero también mucha práctica para aprender de la experiencia.

En la animación se aprende viendo cosas novedosas, personas y además leyendo”, aseguraría varios años después, “leyendo libros de animación, sobre todo animando y echando a perder. De hecho, el método para aprender animación, como hacer cualquier cosa, es prueba y error, no es prueba y acierto; entonces se aprende mucho echando a perder”.

Una curiosidad que resultó en La criatura y la planta (1975), su primer cortometraje que fue elaborado en súper 8 para el taller de cine de su escuela. La premisa era sencilla, pero intrigante, una representación de la vida y la muerte a través de una planta que es devorada por un mono, quien luego muere y varias plantas crecen de su cadáver.

El film llama la atención de numerosas personas que no pueden sino sentir fascinación por lo visto en pantalla. Tal es el caso de otro joven con muchas de sus mismas inquietudes: el cine, la fantasía, la animación, los efectos visuales… Adivinaron, se trata del mismísimo Guillermo del Toro, con quien comenzó una amistad que marcó la vida de ambos creativos y con ello, de todo el entretenimiento mundial.

Ambos ven en el otro a un importante aliado con el que concretar sus mayores ambiciones creativas y no tardan en unirse en el desarrollo de Cuaco vivo. Un proyecto que, a pesar de sus enormes esfuerzos e inversiones, nunca pudo concretarse por distintos inconvenientes como la avería de la cámara, una serie de escenas mal filmadas y un robo en el estudio en el que estaban trabajando. Lejos de desmotivarse, el tropezón no fue más que un incentivo para trabajar más duro. Fue así como los entusiastas amigos terminaron fundando su propia compañía Anfisbena, que poco tiempo después cambió al nombre de Necropia.

Fue con esta compañía con la que ambos cineastas entraron en el camino rumbo a la consolidación. En el caso de Rigo Mora, con una serie de spots que invitaban a la primera Feria Internacional del Libro (FIL) celebrada en 1987 en Expo Guadalajara. Promocionales realizados en stop motion que motivaban a leer desde una perspectiva imaginativa y fantástica, siendo el anuncio de un niño que se transformaba en vampiro tras la apertura de un libro uno de los más icónicos. Un año después realizó una serie de animaciones en plastilina y látex para una importante papelería en México.

No pasó mucho tiempo para que el creativo incursionara en el área del maquillaje y los efectos visuales de la mano de la misma Necropia. Inició con Hora marcada (1988) y continuó con títulos como Cabeza de vaca (1990), Sólo con tu pareja (1990) y muy especialmente Cronos (1993) donde resultó determinante para el éxito de la ópera prima de Guillermo del Toro.

Cronos no tardó en alcanzar el culto, pero sí en recuperar la inversión. Una situación que afectó a Mora quien había hipotecado su casa para solventar los gastos. Por si esto no fuera suficiente, la compañía empezó a crecer, pero una mala gestión por la aceptación de proyectos sin firmar ningún tipo de contratos terminó en su desaparición. Fue aquí cuando Guillermo del Toro emigra a los Estados Unidos, mientras que Rigo Mora permanece en México sumido en un periodo de depresión que lo aleja temporalmente de la animación, pero va sanando lentamente cuando decide que es el momento de terminar su carrera interrumpida. Combina así periodos de estudio y proyectos de animación, de efectos visuales o de caracterización.

Esta ruta lo conduciría a uno de sus picos, Los ángeles del fin de milenium (1996). El corto nació de un curso impartido por el cineasta experimental Skip Battaglia, y organizado de manera conjunta por la Universidad de Guadalajara y la Universidad de Rochester. Iba dirigido a personas con el interés y el potencial para desarrollar la animación, lo que incluyó nombres como José Ignacio Solórzano ‘Jis’, Claudia Lozano Alverú, Laura Olivia Pérez Varela, José Trinidad Camacho ‘Trino’ y el propio Rigo Mora.

El proyecto funcionó sólo a medias. Fue cancelado al poco tiempo y no cumplió con las expectativas de todos los asistentes, pero dejó el ya mencionado proyecto que hoy día figura entre los títulos indispensables de la animación mexicana. A esto sumemos que fue un enorme motivante para Mora, quien volvió a trabajar con enorme pasión en una serie de proyectos propios como La vida está en el agua (1995), La gran obra (1996), ¿Gustas? (1997) y Cómo preparar un sándwich (1997). La historia de este último resultó especialmente sobresaliente: nació como una prueba de cámara y terminó convirtiéndose en una de sus obras más célebres.

El cineasta arrancó el siglo XXI con proyectos de su autoría como Polifemo (2000), Sombras (2003) y Devorador Onírico (2007) y otros de cuenta ajena como Malapata (2000) de Ulises Guzmán. Mención aparte para el ambicioso Batallón 52 (2010) que consistía en 52 cortometrajes centrados en la Independencia y la Revolución Mexicana. Rigo Mora no pudo ver el resultado final.

Falleció el día 6 de mayo de 2009, víctima de un paro cardio respiratorio. Pero su legado apenas empezaba, ya que el trágico incidente contribuyó a que su obra fuera revalorada por cada vez más personas que hoy día lo consideran un referente indispensable de la industria iberoamericana. A esto sumemos que sólo pasaron unos meses para que su eterno amigo de aventuras animadas, Guillermo del Toro, fundara el Premio Rigo Mora dentro del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, que desde 2010 reconoce lo mejor del cortometraje animado, siendo además un galardón calificador para el Premio de la Academia.

“Hay que estar como un poco enfermo mental para entrar a la animación”, aseguraba Rigo Mora. “Tienes que tener una impaciente paciencia. Saber que si te desbocas vas a tener que repetir la toma, que los monitos se mueven cuadro por cuadro, y después de diez horas de trabajo, vas a tener diez segundos, más o menos”. Eso, o ser un eterno apasionado del arte animado, tal y como Rigo Mora demostró en cada uno de sus proyectos.